por Falcon Martin
Hay libros que terminamos de leer y seguimos llevando con nosotros. Recordamos un personaje, una conversación, un pasillo oscuro. Con el tiempo descubrimos que también nos dejaron preguntas y una manera distinta de mirar las cosas.
El Nombre de la Rosa, de Umberto Eco, es una de mis novelas preferidas. Ocupa un lugar especial entre las lecturas que han acompañado la construcción de mi universo literario. Quiero compartir algo de esa huella y de cómo se relaciona con el profesor Gabriel Morales, protagonista de El Legado de Pedrarias.
Hablar de las lecturas que nos inspiran es también abrir una puerta al taller del escritor. Los personajes tienen una historia dentro de la ficción, pero su nacimiento suele comenzar mucho antes, entre nuestras inquietudes, nuestras experiencias y los libros que nos enseñaron a imaginar.
Un misterio entre libros
Ambientada en una abadía italiana en 1327, la novela de Eco reúne una investigación alrededor de varias muertes, una biblioteca y un mundo atravesado por disputas religiosas e intelectuales. Guillermo de Baskerville y el joven Adso de Melk conducen al lector por ese espacio en el que observar, interpretar y preguntar resulta indispensable.
Una de las cosas que más me atraen de esta obra es la relación entre el misterio y el conocimiento. Los libros forman parte de lo que está en juego. Leerlos, comprenderlos y decidir quién puede acceder a ellos tiene consecuencias.
Desde mi lectura, la biblioteca adquiere así una fuerza extraordinaria: conserva el saber y, al mismo tiempo, permite preguntarnos qué ocurre cuando alguien pretende controlar su circulación.
Esa relación entre los documentos y el poder me interesa profundamente. Un manuscrito puede sobrevivir durante siglos y seguir provocando preguntas incómodas. Su importancia depende de lo que contiene, de las circunstancias en que fue escrito y de las interpretaciones que se han construido a su alrededor.
Un profesor que enseña a preguntar
Al construir a Gabriel Morales, quise darle una vocación que para mí tiene mucho valor: enseñar.
Gabriel es un profesor universitario, un historiador acostumbrado a trabajar con testimonios, documentos y versiones que a veces se contradicen. Su oficio lo lleva a detenerse ante una afirmación y preguntar de dónde procede, qué pruebas la sostienen y hasta dónde permiten llegar esas pruebas.
En ese terreno encuentro una afinidad con lo que disfruto de El Nombre de la Rosa: la posibilidad de acompañar un razonamiento.
Me interesa que el lector vea cómo se forma una hipótesis, por qué parece convincente y qué detalle obliga a revisarla. Gabriel puede equivocarse. Puede confiar demasiado en una interpretación o pasar por alto algo que otro personaje advierte. Su capacidad para reconocer esos límites forma parte de su carácter.
Para él, distinguir entre un hecho documentado, una interpretación y una sospecha es una responsabilidad. También es una manera de enseñar.
La conversación como camino
Otra de las posibilidades que me inspira la novela de Eco es el espacio que concede a las conversaciones.
Una pregunta puede detener la acción durante unos instantes y, sin embargo, hacer avanzar la historia. Puede revelar una diferencia entre dos personajes, poner en duda una explicación o mostrar que una palabra tiene sentidos distintos para quienes la emplean.
Quiero cultivar esa posibilidad en las conversaciones de Gabriel con sus alumnos y con quienes comparten sus investigaciones.
Ariel Mairena, por ejemplo, permite desarrollar una relación entre profesor y estudiante en la que hay curiosidad, exigencia y aprendizaje. Me interesa que los alumnos tengan iniciativa, que planteen objeciones y que sus preguntas obliguen al profesor a precisar lo que está diciendo.
También quisiera que el lector encontrara un lugar en esas conversaciones. Que pudiera detenerse y pensar: «Esa explicación tiene sentido, pero todavía falta demostrar algo».
Ahí encuentro una de las mayores satisfacciones de la ficción: hacer que una inquietud nacida entre personajes termine acompañando a quien los lee.
La historia dentro del misterio
Mi interés por la historia de Nicaragua y de la América colonial encuentra en la novela un espacio para tomar forma narrativa.
En El Legado de Pedrarias, los archivos, los manuscritos y las huellas del pasado se relacionan con decisiones humanas. Alguien conserva un documento; alguien lo interpreta; alguien puede tener razones para ocultarlo. Cada intervención deja preguntas sobre lo que conocemos y sobre el camino que siguió esa información hasta llegar a nosotros.
La lectura de Eco me anima a trabajar esa convivencia entre investigación, historia y ficción. El desafío consiste en darles vida a los conocimientos mediante situaciones y personajes que tengan sus propias preocupaciones.
Gabriel investiga desde su formación de historiador, pero también desde su condición humana. Tiene afectos, recuerdos y asuntos que le cuesta enfrentar. Esa vida interior influye en las preguntas que se atreve a formular y en las respuestas que está dispuesto a escuchar.
El tiempo y la memoria
Hay además un aspecto de El Nombre de la Rosa que me interesa como escritor: el modo en que organiza el tiempo mediante jornadas y horas de la vida monástica.
Esa lectura me hizo pensar en el ritmo que pueden tener los recuerdos de Gabriel: una mañana, una tarde, una noche; momentos concretos desde los cuales vuelve a mirar lo vivido.
En el marco narrativo de mi universo, Gabriel recuerda desde 2035 y Carolina participa en la tarea de ordenar ese pasado. Entre el acontecimiento y su narración han transcurrido años. Ese intervalo permite explorar cuánto comprende una persona con el tiempo y qué preguntas siguen abiertas.
La memoria también requiere una lectura cuidadosa.
Una huella que encuentra su propio camino
Gabriel Morales reúne distintas raíces. Su nombre nace de un homenaje a un educador nicaragüense; su vocación docente recoge inquietudes que siento cercanas; su mundo pertenece a Nicaragua y a las preguntas históricas que deseo explorar.
Entre esas raíces están también mis lecturas. El Nombre de la Rosa me ha acompañado por su capacidad para reunir el placer del misterio con la discusión de ideas, y por la atención que exige a quien se interna en sus páginas.
Esa es una de las huellas que quisiera llevar a mi escritura: ofrecer una historia que despierte curiosidad y dé motivos para seguir preguntando.
Porque a veces un libro termina, pero la conversación que comenzó en nosotros continúa.
¿Qué libro te ha dejado una huella que todavía reconocés en tu manera de pensar o de mirar el mundo?